Prince Erik, El Curandero

El bosque siempre había sido un lugar de murmullos secretos, un tapiz viviente de aromas y sonidos que la mayoría en el reino prefería ignorar. Para el príncipe Erik, sin embargo, el Bosque Susurrante se había convertido en un segundo hogar, un reino donde las reglas ordinarias del palacio se disolvían al ritmo del viento, la corteza y los huesos. Todo había comenzado a los doce años, el año en que su padre, el rey Aric, lo envió por un camino sinuoso para encontrarse con la anciana vidente y sanadora conocida como Elsinka.
Elsinka no era una mujer de gran estatura, ni estaba envuelta en los habituales adornos del poder. Era una cabeza llena de cabello plateado, un manto de lana descolorida y ojos que parecían centellear con la luz de mil luciérnagas. Había vivido cien años —quizás más, pues el tiempo en el bosque fluía de forma diferente— y había aprendido a reconciliarse con todo lo que el bosque ofrecía. «El bosque nos da lo que necesitamos y nosotros les damos lo que les falta», decía con una voz suave como las piedras del río. Cada árbol, cada cueva, cada saliente es un hogar para el alma. Al caer la noche, elijo dónde descansar, no porque esté perdido, sino porque el bosque me invita a ser muchas cosas a la vez”.

La primera noche que Erik pasó con ella, se instalaron bajo el dosel de un antiguo roble cuyas ramas se extendían como los brazos de un gigante. La luna se filtraba entre las hojas en cintas plateadas, y el aire estaba impregnado del fragante perfume de pino y musgo. Elsinka colocó una sencilla estera de juncos tejidos a los pies de Erik y comenzó a hablar de hierbas.
“Escucha”, susurró, señalando un grupo de hojas de violeta que crecían a la sombra del roble. “Estas son Lysandra; calman un corazón que tiembla demasiado rápido”. Arrancó una hoja, la aplastó entre el pulgar y el índice y presionó el jugo sobre la muñeca de Erik. La frescura fue inmediata, una suave ola que calmó el latido inquieto de su sangre joven.

A partir de esa noche, el príncipe aprendió a leer el lenguaje del bosque. Aprendió que el penetrante aroma a pino que emanaba de un helecho indicaba una raíz de Grynn, la que podía reparar huesos fracturados. Aprendió que el susurro de una hoja seca en una rama seca no era solo un sonido, sino una advertencia: un depredador, una tormenta, una pena aún por venir. Aprendió que el viento, al rozar su mejilla, traía susurros de lo por venir, un futuro envuelto en niebla y posibilidades.
Elsinka se movía con una gracia que desmentía su edad. Se deslizaba desde el dosel del roble hasta una cueva oculta, luego hasta un cobertizo bajo y cubierto de musgo junto a un arroyo murmurante, cada vez cargando un saco de hierbas como si fuera una extensión de su propio cuerpo. Erik a menudo se encontraba corriendo tras ella, sin aliento, con las mejillas enrojecidas por el esfuerzo. «Debes aprender a seguir el ritmo», le reprendía, con una sonrisa dibujando las comisuras de sus labios. “De lo contrario, el bosque te dejará atrás y te convertirás en una hoja que el viento arrastrará y que nunca volverá”.

La transformación del príncipe no fue repentina, sino acumulativa. La primera vez que cosió un tendón desgarrado en un cervatillo herido con una cataplasma de hoja de ruina triturada y miel, su corazón se llenó de un orgullo que eclipsó cualquier elogio que hubiera recibido en el gran salón. La segunda vez que convenció a un conejo asustado para que volviera a su madriguera tarareando una nana que seguía el ritmo del viento nocturno, comprendió que su sangre real no lo convertía en gobernante, sino en mayordomo.
Fue durante una de esas noches de luna llena, cuando el cielo era un tapiz negro salpicado de estrellas brillantes como el hierro, que Elsika condujo a Erik a un claro que nunca había visto. En el centro se alzaba un altar de piedra, antiguo y cubierto de musgo, cuya superficie estaba grabada con runas que latían débilmente a la luz de la luna. Elsika dejó una pequeña botella de ámbar sobre el altar y se volvió hacia Erik con los ojos brillantes. «Has aprendido a escuchar, Erik. Ahora debes aprender a ver». Vertió un líquido ligero y brillante en un cuenco poco profundo y se lo entregó. La poción olía a romero silvestre, a lluvia sobre la piedra y a algo más, algo que parecía una promesa. «Bebe», dijo. «Deja que el bosque te muestre lo que te espera».

Erik se llevó el cuenco a los labios. El líquido estaba frío, y al pasar por su lengua, una oleada de aturdimiento le recorrió las venas. Su respiración se detuvo, y el mundo se disolvió en un velo de niebla plateada.
Primero, apareció la visión de una doncella. Estaba de pie frente a una ciudad de piedra, montones de rocas que se extendían hacia el cielo, su cabello y una cascada de obsidiana que captaban la luz más tenue, sus ojos como dos charcos gemelos de un negro profundo. Llevaba un vestido de seda lunar, bordado con hilos luminosos que trazaban constelaciones sobre la tela. Volvió la mirada hacia Erik, y en ese instante, la distancia entre ellos se desvaneció. Sintió como si estuviera a su lado, el aire zumbando con una silenciosa invitación. Su sonrisa era a la vez una promesa y una pregunta: ¿se atrevería a seguirla más allá del velo de su mundo conocido?
La visión cambió. Se encontró en una alta meseta con vistas a un valle que se extendía kilómetros. Árboles frondosos se alzaban como columnas de catedral, sus copas entrelazadas con enredaderas que brillaban con el rocío. Ríos —claros, rápidos y cantores— serpenteaban por la tierra, alimentando tranquilos lagos que reflejaban el cielo. Sin embargo, más allá de esta serenidad pastoral, dos grandes volcanes dominaban el horizonte. Emitían ceniza y humo, sus picos como una corona oscura contra el sol. El aire tembló, y un sordo rugido resonó en los huesos de Erik, un recordatorio de que la belleza y el peligro eran gemelos, nacidos de la misma tierra.

Cuando la visión se desvaneció, a Erik le temblaban las rodillas, pero su corazón latía con un ritmo desconocido. Elsinka estaba frente a él, con las manos cruzadas sobre el regazo, su rostro solemne pero amable.
“Esto”, dijo en voz baja, “es un atisbo de tu futuro. La doncella que viste es el espíritu del valle que algún día recorrerás, una guardiana de la tierra que habitarás. El valle mismo, acunado entre volcanes, es un lugar de gran abundancia y gran peligro. Serás llamado a sanar, a liderar y a elegir qué fuego alimentar y cuál extinguir”.
La voz de Erik tembló. “¿Volveré a verla?”, preguntó, escudriñando con la mirada las profundidades de la anciana.
Elsinka sonrió, una suave curva que pareció levantar las hojas a su alrededor. Ya lo has hecho, hija. Ella vive en cada latido del bosque, en cada susurro de las hojas, en cada estrella que corona la noche. Cuando aprendas a escuchar, la verás dondequiera que vayas. Y cuando tu camino te lleve al valle, la encontrarás como ella desea ser encontrada. Caminarán juntos, como lo decretaron los dioses celestiales.



