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Principe Erik, El Cazador

Prince Erik, El Cazador

El primer invierno en las montañas fue una dura lección. El príncipe Erik de Hrafnnes, de diez años, estaba hundido hasta las rodillas en un montón de nieve tan pura que le dolía la vista; sus deditos estaban demasiado entumecidos para deshacer los nudos de las trampas para conejos que Sigurd le había mostrado. La voz del viejo guardabosques, cuando llegó, no fue cruel, pero fue tan inmutable como los picos de granito que los rodeaban.
«Al frío no le importa que seas príncipe, muchacho. Solo le importa que seas lento».
Erik tenía los labios agrietados y el estómago vacío y dolorido. Se había perdido la pesca de la noche. La cena había consistido en una cáscara de pan duro de corteza y un trago de agua helada. No había llorado. No entonces. La vergüenza ardía más que cualquier fuego.

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Pero Sigurd tenía razón. Al frío sí le importaba. Y Erik, temblando bajo sus pieles inadecuadas, empezó a escuchar. Aprendió el lenguaje del bosque no con palabras, sino con señas. La particular inclinación de la luz del sol sobre un pino que indicaba un barranco oculto, no terreno seguro. La forma en que la llamada de alarma de un arrendajo cambiaba de tono: zorro, no lobo. La sutil diferencia en el crujido de la nieve bajo los pies: una bestia pesada, una criatura, o nada en absoluto, solo el asentamiento del mundo. Sigurd señalaba, en silencio, y Erik tenía que descifrar la historia que contaba el bosque.

Sigurd El Cazador Junto Al Prince ErikSus manos, antes suaves para sostener pergaminos, se convirtieron en herramientas. Aprendió a arrastrar el mango de un hacha, el paciente raspado de un cuchillo, la sensación de la madera verde partiéndose a lo largo de la veta. Construyó su propio cobertizo, un refugio agazapado de postes y ramas que absorbía la furia del viento. Fracasó en el primer fuego, con la yesca húmeda, las chispas perdidas en una ráfaga de copos de nieve. Sigurd observaba con los brazos cruzados. “Otra vez”, fue todo lo que dijo. El chico lo intentó hasta que sus manos se ampollaron y el olor a estopa quemada y su propia frustración llenaron el aire. Entonces, una noche, con una chispa prendiéndose en un nido de corteza seca que había pasado horas recogiendo, una llama tentativa floreció. Era una cosa diminuta y voraz, pero era suya. La había sacado del frío. La alimentó con nudos de pino hasta que rugió, y el resplandor hizo retroceder la inmensa oscuridad salpicada de estrellas.

Prince Erik, El GuerreroAprendió a cazar, no con la pulida lanza de los guardias de palacio, sino con trampas de tendones y astucia. Un tronco muerto para las ardillas, una trampa que se cerraba con un susurro. Aprendió a destripar y despellejar, un trabajo visceral que desvanecía la ilusión de que la carne provenía de los puestos del mercado. Un día, atrapó un urogallo, gordo y estúpido, en su trampa de ramas. Lo llevó al arroyo, desescamó los peces que había atrapado antes y los cocinó en una rejilla de leña verde sobre el fuego. El sabor de ese pescado caliente y aceitoso, aderezado con hierbas silvestres que Sigurd le había mostrado, era un sacramento. Se lo había ganado. Era suyo.
El mundo de Erik se redujo al radio de un día de caminata, pero su profundidad se volvió infinita. Vio los primeros brotes verdes de la primavera brotar de la tierra helada y supo que era hora de trasladar el campamento. Oyó el estruendo de una avalancha lejana y comprendió la ira de la montaña. Sintió el cambio de viento antes de una tormenta y preparó su refugio. Las lecciones de Sigurd estaban grabadas en sus huesos: Observar. Adaptarse. Proveer. Sobrevivir.

Prince Erik, El CazadorSin embargo, incluso en este exilio autoimpuesto, el reino los conmovía. Varias veces por temporada, un mensajero, ataviado con la librea real del cuervo negro, ascendía por el traicionero sendero hacia su alto claro. Se detenía, respirando con escarcha, y hacía una reverencia rígida al joven que era su príncipe.
«Su Majestad pregunta por la salud y el progreso del príncipe Erik», entonaba el mensajero, con la mirada fija en el desgastado mango de su hacha, sin cruzar nunca la mirada con Erik.
Sigurd aceptaba el pequeño paquete de noticias —un pergamino sellado del rey padre, unas velas preciosas, a veces un bloque de sal— y asentía brevemente. «El príncipe es fuerte. Aprende».
El mensajero se marchaba, descendiendo de vuelta al mundo de salones de piedra y camas blandas, y se instalaba un profundo silencio. Erik lo veía partir, con una punzada de algo complejo —anhelo, vergüenza, un orgullo feroz y renovado— oprimiendo su pecho. Sus padres no podían verlo. Los dioses habían decretado su ausencia, su prueba. Su amor era una estrella lejana, visible pero intocable. Su realidad era el olor a resina de pino y hierro frío, la sensación de lana áspera, el hambre constante y vigilante.

Prince Erik, El Cazador“¿Por qué?”, ​​preguntó Erik finalmente una noche, con el fuego crepitando entre ellos, el aire impregnado del aroma a enebro quemado. “¿Por qué no pueden verme? No estoy enfermo.”
Sigurd atizó el fuego; su rostro, un mapa de arrugas iluminado por las llamas, era un mapa de arrugas. “Porque esto no se trata de lo que pueden ver. Se trata de en qué debes convertirte. La misión de los dioses… no es un viaje a un lugar. Es un viaje hacia un yo. Un yo que no necesita una corona para ser rey. Un yo que no necesita la mano de un padre para encontrar su camino.”
Erik comprendió, entonces, de una manera que iba más allá de las palabras. Sigurd no estaba siendo cruel. Estaba realizando una cirugía sagrada y terrible, cortando al príncipe para encontrar al hombre. Cada cena perdida, cada palma ampollada, cada hora de silencio dedicada a leer el viento: era una puntada en esa piel nueva y más dura.

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