Mundotrón
Pascal y Ada habían cambiado su genialidad por opciones sobre acciones, viendo cómo su código era destrozado por gerentes intermedios y contables hasta que su revolucionario software no fue más que un vehículo para anuncios segmentados. Cuando finalmente llegó la salida, sus cuentas bancarias eran astronómicas, pero se sentían como un trasto inútil.
Pasaron meses vagando. Recorrieron los Andes, navegaron por el Mediterráneo y se adentraron en la humedad neón de Tokio. Pero viajar, descubrieron, era un teatro tedioso de cansancio. Eran largas filas, equipaje perdido y la aplastante constatación de que el mundo se estaba convirtiendo en un museo selecto para los ricos.
Esa fue la chispa. Crearon una nueva forma de viajar que revolucionaría la industria turística. No solo construyeron un sistema de realidad virtual; construyeron La Odisea. No se trataba de gafas. Era una matriz de fibras hápticas y una interfaz neuronal que evitaba el nervio óptico, conectándose directamente con la corteza sensorial del cerebro. Permitía al usuario oler el aire salado de la costa amalfitana, sentir el viento del Himalaya y escuchar el latido de la selva amazónica.
Pero algo salió mal. Ahora, el cerebro se está reconfigurando de maneras que no debería. ¿Por qué sucedía esto? ¿Acaso estaban acelerando la evolución?



