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Gunnar M. Schröeder
My name is Gunnar Milkhause Schröeder, and if you’re wondering about the umlaut over the ö, yes, it’s real. So is the head full of voices. When I was a child, I didn’t just daydream—I conducted symphonies of imagination. Entire civilizations rose and fell behind my eyelids. Mars wasn’t just a red dot in a textbook; it was a desert kingdom ruled by librarians who rode sand-foxes. The moon? A quiet retreat for retired astronauts who’d grown tired of breathing and just wanted to float in peace. I climbed Everest in my socks, scaled Machu Picchu between math problems, and once walked the Amazon rainforest during a particularly long lunch…
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Gunnar M. Schröeder
Me llamo Gunnar Milkhause Schröeder, y si te preguntas por la diéresis sobre la ö , sí, es real. También lo es la cabeza llena de voces. De niño, no solo soñaba despierto, dirigía sinfonías de la imaginación. Civilizaciones enteras surgían y caían tras mis párpados. Marte no era solo un punto rojo en un libro de texto; era un reino desértico gobernado por bibliotecarios que montaban zorros de arena. ¿La Luna? Un refugio tranquilo para astronautas retirados que se habían cansado de respirar y solo querían flotar en paz. Escalé el Everest en calcetines, escalé Machu Picchu entre problemas de matemáticas y una vez caminé por la selva amazónica…
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Prince Erik, The Seafarer
The wind howled through the high cliffs of Hrafnnes, rattling the stone walls of the palace and carrying with it the bitter scent of frozen pine. Inside the great hall, King Akbar paced before the great fire, its orange tongues doing little to chase away the cold that had settled deep in his bones. Beside him, Queen Egrida stood, her silken robes a muted gray that mirrored the sky outside. For years they had stood together on the throne, their rule marked by prosperity and peace, but their joy was incomplete, hollowed by a single, aching absence. He was fifteen winters old when the iron clad scent of salt first…
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Príncipe Erik, El Navegante
El viento aullaba a través de los altos acantilados de Hrafnnes, haciendo vibrar los muros de piedra del palacio y trayendo consigo el amargo aroma a pino congelado. Dentro del gran salón, el rey Akbar paseaba ante la gran hoguera; sus lenguas anaranjadas apenas ahuyentaban el frío que se había instalado en sus huesos. A su lado, la reina Egrida permanecía de pie, con su túnica de seda de un gris apagado que reflejaba el cielo exterior. Durante años habían permanecido juntos en el trono, con un reinado marcado por la prosperidad y la paz, pero su alegría era incompleta, empañada por una única y dolorosa ausencia. Tenía quince inviernos…
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Príncipe Erik, El Curandero
El bosque siempre había sido un lugar de murmullos secretos, un tapiz viviente de aromas y sonidos que la mayoría en el reino prefería ignorar. Para el príncipe Erik, sin embargo, el Bosque Susurrante se había convertido en un segundo hogar, un reino donde las reglas ordinarias del palacio se disolvían al ritmo del viento, la corteza y los huesos. Todo había comenzado a los doce años, el año en que su padre, el rey Aric, lo envió por un camino sinuoso para encontrarse con la anciana vidente y sanadora conocida como Elsinka. Elsinka no era una mujer de gran estatura, ni estaba envuelta en los habituales adornos del poder.…








